El crecimiento exponencial de la inteligencia artificial
La inteligencia artificial ha evolucionado de ser una tecnología emergente a convertirse en una herramienta cotidiana, presente en dispositivos como teléfonos, buscadores, correos electrónicos y procesadores de texto. Para muchos, esta tecnología se ha vuelto fundamental en la organización de tareas, el estudio y el trabajo. Sin embargo, su uso extendido acarrea un coste ambiental que comienza a llamar la atención de científicos y expertos en sostenibilidad.
La enorme demanda de energía de la IA
Cada interacción con una herramienta de IA activa un proceso que consume grandes cantidades de energía, muchas veces generada a partir de combustibles fósiles. Esta energía se traduce en emisiones de gases de efecto invernadero, contribuyendo al cambio climático. La inteligencia artificial depende de vastos centros de datos, instalaciones que procesan consultas, almacenan información y ejecutan modelos complejos en segundos. A medida que esta tecnología se expande, también aumenta la demanda energética de estas infraestructuras.
«Dado que tratamos de construir centros de datos a un ritmo que no permite integrar más recursos de energía renovable, la mayoría de los nuevos centros son alimentados por combustibles fósiles«, comentó Noman Bashir, investigador en computación e impacto climático del Consorcio de Clima y Sostenibilidad del MIT.
El exceso de consumo de recursos hídricos
Además del consumo eléctrico, los centros de datos producen grandes cantidades de calor, lo que requiere un enfriamiento constante y, por ende, un consumo intensivo de agua. Según el Instituto de Estudios Ambientales y Energéticos, los centros más grandes pueden llegar a usar 18,9 millones de litros de agua al día, un volumen comparable al consumo diario de una ciudad de 50.000 habitantes.
La desconexión del impacto ambiental
Para la mayoría de los usuarios, el impacto ambiental de la IA es imperceptible. No hay humo, ruido o facturas de luz directamente asociadas a cada consulta, lo que dificulta la noción de conciencia sobre el problema. «En uno de mis estudios, encontramos que generar una imagen de alta definición usa tanta energía como cargar la mitad de tu teléfono«, explicó Sasha Luccioni, líder de IA y Clima en Hugging Face. La percepción errónea se debe a que el impacto real sucede en servidores que operan de forma continua para atender millones de solicitudes.
El desafío de la eficiencia
Aunque las empresas tecnológicas están desarrollando chips y centros de datos más eficientes, esto no garantiza una disminución en el impacto ambiental total. Este fenómeno se conoce como la Paradoja de Jevons. «Cuanto más accesibles se vuelven los recursos, más tendemos a utilizarlos», indicó Jon Ippolito, profesor de nuevos medios en la Universidad de Maine. En el caso de la IA, una mayor eficiencia fomenta su adopción masiva, lo que incrementa el consumo general de energía.
Estimación del consumo energético de la IA
Cuantificar la huella ambiental de la IA es complicado, ya que depende de múltiples factores: desde la complejidad de la tarea hasta la fuente de energía de los centros de datos. Sin embargo, Ippolito desarrolló una aplicación que compara tareas digitales. Sus estimaciones indican que:
- Una consulta simple de IA puede usar 23 veces más energía que una búsqueda convencional.
- Una pregunta compleja requiere 210 veces más energía.
- Un video IA de solo tres segundos puede consumir tanta energía como mantener encendida una bombilla incandescente durante más de un año.
Esto no implica que otras actividades digitales sean inofensivas; ver una hora de streaming o participar en videollamadas grupales también tiene un impacto energético significativo. «No se trata solo de concienciar a las personas sobre el impacto de la IA, sino sobre todas las actividades digitales que consideramos normales», señaló Ippolito.
Acciones para mitigar el impacto
Expertos recomiendan cambios simples en nuestro comportamiento digital, como:
- Pedir respuestas más breves a la IA.
- Evitar consultas repetitivas.
- Utilizar buscadores que no apliquen resúmenes automáticos cuando no sean imprescindibles.
- Priorizar contenido creado por personas frente al generado artificialmente.
Algunos prefieren herramientas más eficientes o sistemas locales que no dependen de grandes centros de datos. «La IA representa solo una fracción del consumo total de los centros de datos», advirtió Ippolito. «Gran parte proviene de redes sociales y plataformas de video. Reducir el tiempo de pantalla también contribuye a disminuir el impacto ambiental». La inteligencia artificial, aunque ofrece beneficios reales en la vida cotidiana, plantea un desafío ambiental que no puede ser ignorado. Reconocer que cada interacción digital tiene un coste energético es un paso hacia un uso más consciente, equilibrando la innovación tecnológica con la responsabilidad ambiental en un mundo cada vez más digital.











