La búsqueda del amor y el temor al rechazo
El verdadero desafío surge cuando el deseo de protegernos predomina sobre la necesidad de conectar con otros. En entornos donde extraños comparten diálogos profundos, resulta llamativo observar que muchos inician su relato no desde lo que anhelan, sino desde lo que buscan evitar:
- No quieren perder tiempo.
- No desean sufrir.
- No buscan personas complicadas.
- Temen al rechazo.
- No quieren volver a cometer errores.
- Desean evitar dramas.
- No buscan compromisos que resulten dolorosos.
Esto es comprensible. Todos ansían cuidarse. Actualmente, parece que las relaciones se convirtieron en un proceso de gestión de riesgos. Analizamos, filtramos y descartamos. Queremos predecir quién es el otro, qué piensa, su estilo de vida, ingresos, intenciones y cómo se relaciona. Todo esto en un intento de asegurar qué sucederá entre nosotros en un futuro cercano, sin permitir espacio a la espontaneidad del amor.
El amor líquido y sus implicaciones
El sociólogo Zygmunt Bauman definió nuestro tiempo como una era de amor líquido, refiriéndose a vínculos que se tornan frágiles. Esta fragilidad proviene de nuestra creciente dificultad para mantener el compromiso y la dependencia mutua. Es aquí donde se revela una de las tensiones más cruciales de nuestro tiempo. Deseamos amor, pero tememos depender de otros. Anhelamos cercanía, pero nos resistimos a mostrar nuestras heridas. Buscamos compañía, pero sin cargar con responsabilidades. Queremos ser elegidos, pero no deseamos arriesgar un rechazo. Buscamos conexión, pero siempre manteniendo una salida.
La importancia de la vulnerabilidad
La vulnerabilidad, cuyo origen radica en el latín “vulnerabilis”, indica aquello que puede ser herido. No obstante, ser vulnerable no equivale a ser débil. Implica aceptar que el otro puede afectarnos. Aquí radica uno de los problemas: los vínculos profundos florecen en el mismo lugar que intentamos evitar. Surgen cuando dejamos de controlar, calcular y aceptamos la incertidumbre.
Desde una perspectiva psicológica y transpersonal, el amor es un territorio de transformación que invita a confrontar nuestras heridas, miedos y defensas. Nos revela aspectos ocultos de nosotros mismos que permanecen inexplorados en el aislamiento.
Una cultura del descarte
Hoy parece que la tendencia es eliminar la incertidumbre antes de involucrarnos. Surge una lógica excesivamente centrada en el yo: ¿qué aporta esta relación?, ¿qué me beneficia?, ¿qué problemas podría causar? Sin darnos cuenta, comenzamos a relacionarnos con las personas como si fuéramos consumidores. Permanecen solo si cumplen con nuestras expectativas, y al no hacerlo, buscamos nuevas alternativas.
Esta lógica del descarte, que permea múltiples aspectos de la vida moderna, también se traslada a las relaciones personales. Muchas veces, se generan listas detalladas del perfil ideal, que incluyen cualidades como:
- Ser atractivo.
- Ser interesante.
- Tener un sentido del humor.
- Poseer conocimiento.
- Cuidar su salud.
- Tener ciertos recursos económicos.
- Calidad de vida definida.
El desafío de las expectativas
No hay nada de malo en tener preferencias; todos las tenemos. Sin embargo, el problema surge cuando esas listas pesan más que el valor del individuo. Aquí es cuando dejamos de conocer personas y comenzamos a evaluar meros perfiles. El amor raramente se manifesta donde todo encaja a la perfección. Frecuentemente surge en situaciones sorpresivas, donde las conversaciones fluyen y las defensas se desmoronan, revelando conexiones inesperadas.
Una paradoja de estos tiempos es que, a pesar de contar con múltiples herramientas para conectar, nunca nos ha costado tanto entregarnos al amor. Anhelamos vínculos profundos mientras esquivamos los terrenos donde estos florecen. Queremos amar, pero evitamos el riesgo. No obstante, es fundamental recordar que amar significa abrirse, asumir la posibilidad de ser herido y aceptar la libertad del otro. Sin embargo, también ofrece la oportunidad de experimentar una auténtica transformación a través del encuentro.
La importancia de los encuentros auténticos
Una y otra vez, observo la llegada de individuos llenos de miedos, incertidumbres y prejuicios, convencidos de no tener mucho en común con quienes se sienten a conversar. Algunos han meditado en cancelar su asistencia, mientras que otros llegan con la expectativa de que no pasará nada especial. Sin embargo, lo inesperado ocurre: las conversaciones emergen, las defensas se relajan, surge la risa y se entrelazan historias. En cuestión de horas, desconocidos que difícilmente se habrían encontrado en otras circunstancias descubren que tienen más en común de lo que imaginaban.
A veces, de estos encuentros brotan amistades o parejas, mientras que en otras ocasiones no se forma ningún lazo significativo. Sin embargo, casi siempre se da algo igualmente valioso: la experiencia de reconectar con otros seres humanos. Quizás no estamos tan distantes como creemos, y lo que realmente falta no son más aplicaciones, filtros o certezas, sino más espacios donde podamos mirarnos a los ojos, escuchar activamente y atrevernos a mostrar nuestro lado más humano. Porque el encuentro sigue siendo posible, y al permitirnos cruzar el miedo, a menudo descubrimos que del otro lado no se encuentra el rechazo imaginado, sino la conexión anhelada.
(*) Alejandra Guala (M.N. 51.339), licenciada en Psicología, dirige @encuentrosalhueso, que ofrece programas de desarrollo personal. Es instructora de Mindfulness.











