Un diagnóstico transformador
La vida de Cecilia Fornieles dio un giro radical cuando su hija Joaquina, apenas de cuatro meses, recibió el diagnóstico de hipotonía generalizada. A esa edad, Cecilia y su esposo eran jóvenes padres primerizos, llenos de expectativas sobre la maternidad. “Cuando el médico nos derivó al primer centro de rehabilitación, mi preocupación era saber cuántas sesiones iba a necesitar, cuánto tiempo duraría el tratamiento y cuándo iba a volver todo a la normalidad. Pensaba que había una solución concreta, una especie de punto de llegada. Con el tiempo entendí que lo que comenzaba era otra forma de vivir”, relata Cecilia.
Nuevos desafíos y adaptaciones
Tras el diagnóstico, la vida de la familia se transformó en una rutina en constante cambio, llena de consultas médicas y terapias. Joaquina inició su tratamiento con sesiones de kinesiología, a las que se sumaron otras como terapia ocupacional y fonoaudiología, lo que requería visitar varios centros semanalmente. Con la llegada de su segunda hija, Damasia, dos años menor, la familia enfrentó el desafío de reorganizar su día a día.
“Había días en los que pasábamos más tiempo viajando de una terapia a otra que en casa. Muchos padres conocen esa sensación de estar llevando a sus hijos de consultorio en consultorio”, añade Cecilia, quien notó que este frenético ritmo afectaba la dinámica familiar. Recordó que, al llevar a su hija a kinesiología, observaba a otras madres en la misma situación, lo que la llevó a reflexionar sobre el impacto del tratamiento en la vida familiar.
La discapacidad que afecta a todos
Con el paso del tiempo, la familia de Cecilia comprendió que el diagnóstico de Joaquina no solo afectaba a la niña, sino que también transformaba a cada uno de sus miembros. “Durante mucho tiempo pensamos que la discapacidad era algo que le pasaba solamente a Joaquina. Después entendimos que también nos transformaba a nosotros”, confiesa. Las decisiones y la forma de criar a Damasia cambiaron, mostrando cómo el desafío se extendía a toda la familia.
Innovación en la rehabilitación
Esta experiencia inspiró a Cecilia a crear El Granero, un espacio de rehabilitación que fomenta la inclusión no solo para personas con discapacidad, sino para sus familias. “Muchos veces se pone todo el foco en el niño y se deja afuera a quienes lo acompañan. Sin embargo, la familia también necesita herramientas y contención”, asegura.
El poder de la equinoterapia
En su búsqueda, la equinoterapia se presentó como una opción transformadora. “Comenzamos a notar cambios que iban mucho más allá de lo físico. Joaquina empezó a establecer más contacto visual y disfrutar las sesiones”, menciona Cecilia. Este enfoque terapéutico, donde también hay un espacio para la familia, contrasta con las terapias convencionales y resalta el vínculo especial que se establece con los caballos.
Un compromiso con la inclusión
Impulsada por los resultados positivos, Cecilia dejó su carrera corporativa para dedicarse a la formación en este campo. Estudió equinoterapia y fundó El Granero, inaugurado oficialmente en 2019. Este proyecto reúne distintas terapias en un solo lugar y promueve un trabajo coordinado entre profesionales.
El Granero cuenta con cuatro áreas de enfoque: consultorios interdisciplinarios, equinoterapia, talleres para personas con discapacidad y un programa para apoyar a familias de bajos recursos. “Mucho de nuestro trabajo es acompañar y asesorar a las familias para que conozcan sus derechos y accedan a los tratamientos necesarios”, explica Cecilia.
La importancia de la comunidad
Con más de una década en esta labor, Cecilia ha aprendido sobre el valor de la comunidad. “Cuando tienes un hijo con discapacidad, hay experiencias difíciles de explicar. En cambio, al encontrar otra familia que atraviesa algo similar, surge una comprensión inmediata”, reflexiona. Por ello, el lema de El Granero es “Abrazar los desafíos en familia”.
Hoy, mientras se proyecta la construcción de un centro de día para jóvenes y adultos con discapacidad, Cecilia mantiene la certeza de que “la rehabilitación no empieza ni termina en un consultorio, sino cuando una familia deja de sentirse sola”.











