Un adiós lleno de esperanza
Durante 20 días, Eugenia Miramont se aferró a la expectativa de volver a ver despertar a Sofía, su hija de 11 años. Sin embargo, el momento de aceptar que eso no sucedería finalmente llegó. En medio del profundo dolor y junto a su esposo, Eugenia tomó la decisión de donar los órganos de Sofi para que otros niños pudieran vivir.
El pasado de Sofía
Sofía había nacido con salud, pero a los 4 años le diagnosticaron una enfermedad cardíaca congénita conocida como el síndrome de QT prolongado. Desde entonces, su tratamiento se llevó a cabo con un especialista en el Hospital Italiano. A pesar de haber enfrentado episodios de salud graves, siempre había logrado recuperarse.
En junio, justo antes de su cumpleaños, sufrió un paro cardíaco durante una celebración con sus amigos. Sofía fue trasladada en un avión sanitario desde Tandil a Buenos Aires, donde quedó internada. «Nosotros fuimos esperanzados. Siempre tuvo episodios, pero nunca fueron tan fuertes. Siempre volvió sola. Desde ese día no despertó», relata Eugenia.
La difícil decisión
Los primeros días en el hospital fueron de total incertidumbre. Los médicos no sabían cuándo Sofía despertaría. Eventualmente, los resultados de los estudios revelaron un daño neurológico severo, afectando el tronco cerebral y otras áreas. Lo que inicialmente se pensaba que requeriría un proceso de rehabilitación prolongado se convirtió en una situación irreversible.
«Sofi nos dio esos 23 días para procesarlo, hablar con los hermanos, ir a verla y hablar con los abuelos», recuerda Eugenia. Aunque Sofía estaba siendo asistida mecánicamente y tomando medicación, su condición seguía siendo critica. El episodio del paro cardíaco ocurrió un miércoles, y el siguiente domingo, sufrió tres paros más. «Ahí me di cuenta de que ‘Sofía no da más, se quiere ir'», confiesa.
El proceso de la donación
La situación de Sofía no se calificaba como muerte cerebral; era una condición neurológica irreversible. Para mantenerla viva en esas circunstancias, según explicaron los médicos, habría requerido asistencia permanente. La familia pasó tiempo con ella, y en sus últimos momentos, el hospital les facilitó un espacio privado para estar juntos.
- «El tema más difícil fue la desconexión».
- «Habíamos decidido que cuando se tuviera que hacer la donación, se haga».
Eugenia expresaba que al ver a Sofía en el hospital sentía que ya no era ella, sino solo un cuerpito. Ya habían tenido contacto con la donación previamente; Sofía había acompañado a sus padres en una entrega de regalos a un receptor de trasplante. Sin embargo, enfrentar esta situación con su propia hija fue mucho más desafiante.
La vida después de Sofía
Una vez tomada la decisión de donar los órganos, comenzó un proceso distinto, gestionado por el Instituto del Trasplante. Tres niños recibieron los órganos de Sofía: un riñón fue destinado al Hospital Italiano, mientras que el otro riñón y el hígado se enviaron a otros centros. Con el tiempo, el Incucai se comunicó con la familia para informarles sobre la evolución de los trasplantes. «Saber esto fue como una cura para el dolor», señala Eugenia.
El Día de la Persona Donante
El 29 de agosto es el Día de la Persona Donante, una fecha que resalta la complejidad de esta decisión. Eugenia reconoce que cuando se trata de un hijo, la elección se torna aún más difícil. «He escuchado que en pediatría es más complicado porque son las familias las que deciden. Como padres, perder un hijo es un trauma. Así que tomar una decisión de este tipo es como no estar en un estado emocional adecuado para hacerlo», reflexiona.
Finalmente, Eugenia destaca el apoyo que recibió de los médicos y del Incucai. «Soy pro donación porque, una vez que el cuerpo queda, si puede ayudar a alguien que lo necesita, transformar mi dolor en vida para otros me ayuda a sanar», concluye.











