Un día inolvidable en la historia
El 3 de octubre de 1226 marcó un hito significativo en los valles de Umbría, Italia. Con el sol ocultándose detrás de las colinas, un hombre de 44 años se encontraba en su lecho de muerte, en la humilde capilla de Santa María de los Ángeles, en el conocido lugar como la Porciúncula. Esa tarde, Giovanni di Pietro Bernardone pronunció sus últimos versos, cerrando los ojos por última vez y entregando su alma al Creador.
Las últimas horas de un santo
En esa época, la Porciúncula no era el majestuoso lugar que es hoy. Era un rincón sencillo rodeado de naturaleza, donde Francisco eligió pasar sus últimos momentos, sintiendo que allí su vida cobraba pleno sentido espiritual. En sus últimos días, a pesar de sufrir intensos dolores y ceguera, continuó orando y celebrando la creación. Su último himno fue un canto de alabanza a su «hermana muerte corporal», recordando que en este mundo nadie puede escapar de este destino.
- Francisco pidió a sus hermanos que cantaran el salmo 141 y leyeran pasajes del Evangelio.
- En lugar de temor, mostró alegría y calma en sus últimas horas.
- Suplicó ser despojado de su hábito y yacer desnudo sobre la tierra.
Con un acto conmovedor, el vicario fray Elías le colocó un hábito prestado al ver su disposición. Este último gesto encapsulaba la esencia del movimiento franciscano: no poseer nada en la tierra para alcanzar todo en el amor divino.
La llegada de Jacopa de Settesoli
En esos momentos críticos, también estaba presente Jacopa de Settesoli, amiga y matrona romana. A pesar de las limitaciones monásticas, ella aportó con amor todo lo necesario para el funeral de Francisco, incluyendo el paño de mortaja y dulces que él disfrutaba. Su presencia y cuidados mostraban un profundo respeto y devoción.
Celebraciones del Tránsito
El Transito de San Francisco se conmemora no como un luto, sino como una celebración del paso del santo a la eternidad. Este día, comunidades de todo el mundo apagan luces y relatan su historia, renovando sus votos y recordando su legado que no terminó en la muerte, sino que floreció en el cielo.
El último viaje y el descubrimiento de su tumba
Al día siguiente, el 4 de octubre, un cortejo fúnebre se dirigió a la ciudad de Asís, haciendo una pausa en el monasterio de San Damián para que Santa Clara y sus religiosas pudieran rendir homenaje. Luego, su cuerpo fue llevado a la conocida Colina del Infierno, donde Francisco había pedido ser enterrado entre los marginados, algo que luego le dio un nuevo significado al sitio.
Pasaron casi 600 años hasta que su tumba fue redescubierta en 1818, lo que reavivó la devoción hacia san Francisco y su mensaje.
Un legado inmortal
A lo largo de los siglos, la figura de San Francisco de Asís sigue siendo un faro en tiempos de crisis como las guerras y el consumismo. Su mensaje, de humildad y amor hacia la naturaleza, trasciende credos y fronteras, instando a la humanidad a abrazar una vida de paz y reconciliación. Francisco no solo fue un religioso, sino una voz que resuena en nuestra época, sugiriendo que a través de la mansedumbre y el perdón, se puede encontrar un camino hacia la verdadera hermandad entre los hombres.











