El fenómeno del «Síndrome del Grinch» en diciembre
Con la llegada de diciembre, muchas personas experimentan una presión social relacionada con la celebración y la alegría, emociones que no siempre son compartidas. Este fenómeno, conocido como «Síndrome del Grinch», se manifiesta como una profunda resistencia y deseos de escapar de las festividades, provocados por una combinación de melancolía, expectativas no cumplidas y la necesidad de mostrarse eufórico.
La especialista Beatriz Goldberg explica que este estado no es permanente; por el contrario, tiende a intensificarse cuando el entorno exige una felicidad que el individuo no siente como propia. En su diálogo con LN+, Goldberg subraya que la cultura argentina, en especial, posee una inclinación melancólica que incita a centrar la atención en «lo que falta» en lugar de lo que se tiene.
Los síntomas más típicos del «Síndrome del Grinch»
Este síndrome puede reconocer a través de diversos comportamientos y estados emocionales recurrentes, tales como:
- Visión negativa generalizada: Tendencia a percibir las situaciones de forma pesimista, especialmente durante la celebración de los demás.
- Hostigamiento personal en los balances: Evaluar el año solo considerando los fracasos y lo que no se alcanzó.
- Hipersensibilidad ante las ausencias: Centrarse en las personas que faltan en reuniones o fotos, comparando el presente con un pasado idealizado.
- Ansiedad por el «mandato de felicidad»: Sentir la presión de mostrarse constantemente feliz y energético.
- Efecto ventana o aislamiento social: La sensación de que «todos están celebrando excepto uno» al ver las alegrías ajenas.
- Foco en las debilidades: Concentrarse en lo que falta en lugar de reconocer las fortalezas personales.
- Agotamiento por exigencias de consumo: Estrés relacionado con la necesidad de cumplir con regalos, cenas o estándares de éxito.
La presión de los balances sociales
Un factor que complica este cuadro es la tendencia a realizar balances anuales severos. Goldberg recomienda llevar a cabo estos procesos de manera «silenciosa» y «benévola», evitando la autocrítica excesiva. Muchas personas creen que el 31 de diciembre es un plazo absoluto, lo que la psicóloga describe como el sentimiento de «convertirse en calabaza a las doce», generando una urgencia por culminar todos los pendientes en un corto periodo de tiempo.
Este estrés también se ve amplificado por los prejuicios sociales que sostienen que la Navidad debe ser ideal y perfecta. Goldberg concluye que es crucial diferenciar entre los deseos personales y los «proyectos prestados», como el éxito económico o la apariencia, que solo contribuyen a la ansiedad y el desasosiego.











