Un cambio radical en busca de aventura
Nahuel Ríos, un argentino de 39 años, originario de la zona norte de Buenos Aires, tomó la audaz decisión de dejar atrás el clima templado y trasladarse a uno de los lugares más fríos del mundo: Saariselkä, un pequeño pueblo de 300 habitantes en la Laponia finlandesa. En este remoto enclave, situado a 300 kilómetros del lugar que da origen a la leyenda de Santa Claus, Ríos enfrenta desafiantes temperaturas de hasta -21 grados Celsius.
Una vida diaria en el frío extremo
La sensación térmica en Saariselkä puede descender aún más, llegando hasta los -27 grados. Este diminuto pueblo es un centro turístico vibrante durante todo el año, y su belleza invernal es particularmente notable durante la noche polar, un fenómeno que se traduce en más de un mes de oscuridad total. Ríos describe este fenómeno como «la mejor definición gráfica“, asemejándose a un cielo negro oscuro que puede parecer una tormenta lejana.
A pesar del constante manto de oscuridad, la luminosidad de la nieve contribuye a reducir el cansancio y a suavizar el impacto emocional de la falta de sol. Dentro de este contexto, Nahuel desempeña diversas funciones en un hotel local, alternando entre la limpieza de habitaciones, la asistencia en la cocina y la guía de safaris y recorridos en motos de nieve.
Un hogar sobre ruedas
El espíritu aventurero de Ríos se refleja no solo en su trabajo, sino también en su hogar. Vive en una casa rodante diseñada para soportar climas extremos. Su vehículo está equipado con un sistema de calefacción independiente a diésel, que le permite mantener una temperatura de 20 grados Celsius en el interior, a pesar de que las temperaturas exteriores pueden descender hasta -30 grados. «Hace un par de años experimenté -52 grados“, recordó, añadiendo que su motorhome es capaz de resistir hasta -60 grados.
Curiosidades locales y la economía regional
La movilidad en Saariselkä es única, ya que las calles están cubiertas de hielo y nieve. Los residentes, particularmente los ancianos, utilizan trineos de empuje, que operan de manera similar a un monopatín. Estos artilugios permiten a los usuarios desplazarse con un pie sobre una guía y propulsarse con el otro, mientras utilizan un canasto trasero para llevar las compras. En cuanto a los vehículos motorizados, el uso de neumáticos con clavos se vuelve imprescindible para mantener el agarre en las carreteras heladas.
La fauna local, conformada por renos y alces, es parte del paisaje común y también influye en la economía local. La cría de renos es fundamental para los granjeros, quienes aprovechan tanto su carne como su piel para fabricar indumentaria térmica. Sin embargo, Ríos señaló que tiene prohibido por contrato informar a los turistas que la carne servida es de reno, debido a la conexión simbólica de estos animales con la figura de Papá Noel. «Se supone que el reno es el animal de Papá Noel, así que no lo podemos decir», confesó, aunque también admitió que el sabor es similar al del cordero.
Las auroras boreales, un espectáculo sin igual
A pesar de las complicaciones logísticas, como tener que viajar 40 kilómetros hasta el pueblo vecino de Ivalo para acceder a servicios médicos, Ríos disfruta al máximo de su vida en el norte. Uno de los mayores atractivos que ofrece esta experiencia son las auroras boreales, fenómenos naturales que se producen por la actividad atmosférica en la región ártica. Estas luces, que aparecen inesperadamente en tonalidades verdes, blancas y violetas, se han convertido en uno de los principales objetivos turísticos en la zona.











