La trágica realidad de la violencia juvenil
La escena es familiar: la madre de Fernando llorando ante las cámaras, la indignación generalizada, las redes sociales en llamas y las declaraciones de los acusados evocando tanto rabia como morbo. Una vez más se plantea la inquietante pregunta: ¿cómo es posible que un grupo de jóvenes pueda acabar con la vida de otro chico en **apenas 50 segundos**?
Este interrogante trasciende el ámbito judicial —donde los veredictos han sido emitidos—, abriendo una discusión más humana y social. El reciente documental sobre el caso ha reavivado un dolor que no se ha disipado, mostrando no solo imágenes y evidencias, sino también discursos que reflejan la complejidad emocional del suceso. Entre ellos, destacan dos citas significativas:
- “No es una competencia de qué dolor es más grande”— Emilia Pertossi, hermana de dos condenados.
- “Mi hijo era el actor perfecto para el relato”— Javier Thomsen, padre de Máximo Thomsen.
Del otro lado, la voz que resume el sufrimiento es contundente: “Ni olvido ni perdón”— Graciela Sosa, madre de Fernando.
Los peligros de la dinámica grupal
Según el Prof. Lic. Jorge Prado, psicólogo especializado en adolescencia, la violencia en grupo no surge de manera arbitraria ni se puede atribuir únicamente a la personalidad de los involucrados. Este fenómeno es una construcción social que responde a diversos factores, desde el entorno al que pertenecen hasta el deporte que practican. En este contexto, golpear no es visto como un acto negativo, sino como una forma de reconocimiento entre pares.
La identidad grupal prevalece y, por tanto, presentarse como parte de la manada es más relevante que detener una acción peligrosa.
El papel del alcohol también juega un rol crítico; este puede exacerbar impulsos que en condiciones normales se controlarían. Las expresiones que surgen de estos entornos, como ‘caducó’ o ‘matamos a uno’, son códigos que otorgan sentido de pertenencia, pues fuera del grupo serían inimaginables.
La neurociencia detrás del comportamiento adolescente
La neuropsicóloga pediátrica Carina Castro Fumero, especialista en neurodesarrollo, señala que el comportamiento violento no se debe a una maldad inherente, sino a una biología en desarrollo. Durante la adolescencia, la corteza prefrontal, responsable del juicio y la inhibición, aún está en formación, mientras que el sistema límbico, que maneja las emociones intensas y la recompensa, está hiperactivo. Esto implica que:
- el impulso sobrepasa la reflexión,
- la aprobación del grupo activa la producción de dopamina,
- la presión social puede anular la consideración de consecuencias futuras.
Además, el consumo de alcohol elimina inhibiciones, arriesgando el equilibrio emocional. Castro Fumero enfatiza que esto no es una excusa para la violencia, sino una explicación que ayuda a entender la pérdida de control en momentos críticos.
Deshumanización y su contexto social
El nivel de violencia visto en casos como el de Fernando surge de una deshumanización que no se gestó de la noche a la mañana, sino que se ha ido construyendo con anterioridad. Este fenómeno se nutre de discursos en contextos deportivos competitivos, de salidas donde el alcohol simboliza pertenencia y de una cultura que prioriza la fuerza por encima de la empatía.
Tanto la familia de Fernando como la de los acusados han sufrido pérdidas irreparables. La angustia no es una competición y, al final, todos los involucrados sufren de maneras que a menudo resulta inmedible.
Reflexiones sobre prevención y acompañamiento en la adolescencia
A medida que el caso avanza a su resolución judicial, emerge la necesidad de un aprendizaje colectivo. Las acciones y políticas de prevención deben comenzar desde antes, a través de:
- Conversaciones abiertas sobre el consumo.
- Educación sobre consentimiento y violencia.
- Desarrollo de empatía en escuelas y clubes.
- Acompañamiento activo en la adolescencia.
Castro Fumero plantea que no es suficiente con decirles a los jóvenes que “piensen antes de actuar”; necesitan adultos que se involucren, una cultura emocional que valore la responsabilidad y límites claros que guíen sus decisiones.
Un llamado a la acción social
La justicia emocional es un concepto complicado y no hay forma de equilibrar el dolor de una familia que ha perdido un hijo con el dolor de otra que ve a su hijo transformarse en un ser irreconocible. Sin embargo, hay espacio para la construcción de un futuro en el que la violencia no se confunda con la identidad y en que el sentido de pertenencia no implique agresión. Urge que la sociedad tome este caso como un llamado a la reflexión y la acción para evitar que se repitan historias de violencia juvenil.











