Una vida dedicada a la transformación social
El padre Pedro Opeka, un sacerdote argentino que partió de su país hace 57 años, ha ganado creciente reconocimiento en la Argentina por su destacada labor en Madagascar. A lo largo de cinco décadas, ha logrado crear comunidades enteras junto a los propios beneficiarios, donde residen 30,000 personas. En su proyecto se incluyen escuelas que actualmente albergan a 25,500 niños, dispensarios, campos deportivos, un hospital y un centro de acogida.
Desafíos enfrentados en su misión
A pesar de los logros, el padre Opeka ha enfrentado obstáculos significativos en su camino. Ha sobrevivido a tres ataques a balazos de criminales que buscaban dinero para pagar a los obreros, un incendio devastador que arrasó más de 100 casas construidas por él y una epidemia de cólera que causó la muerte de más de una decena de habitantes, poniendo en peligro su propia vida.
Además, ha lidiado con frustraciones en su búsqueda de financiación, enfrentándose a interminables trámites y cuestionarios de una fundación internacional que finalmente no le otorgó los fondos solicitados.
La motivación detrás de su labor
El inicio de su compromiso social surgió tras observar, en los suburbios de Antananarivo —la capital de Madagascar y uno de los países más empobrecidos del mundo—, a niños en un basural luchando con cerdos por restos de comida. Conmovido por la situación, expresó: «Esto no es de Dios. Tengo que hacer algo». Aquel día se acercó a una casa de cartón adyacente y propuso a sus habitantes: «Si están dispuestos a trabajar, yo los voy a ayudar».
Logros a través de la Asociación Akamasoa
Su trabajo está enmarcado en la Asociación Humanitaria Akamasoa (“Buenos Amigos” en malgache), que lleva más de 36 años activa, sumándose a los 15 años previos que pasó en una parroquia del sur del país donde construyó capillas y escuelas. Su esfuerzo también impone la creación de una cantera para extraer piedras para las viviendas, así como una fábrica de muebles y talleres mecánicos y de artesanías.
Conexión con la comunidad
Opeka ha sabido integrarse en la comunidad gracias a varias características personales: su habilidad constructora heredada de su padre —de ahí su apodo de “el albañil de Dios”—, su pasión por el fútbol, que ha sido una herramienta integradora, y su fuerte perfil religioso. «Yo no fui a Madagascar a buscar ‘clientes’, sino detrás de un propósito humano, cristiano, evangélico», afirma.
Reflexiones sobre la situación de su país natal
Nacido en 1948 en San Martín y ordenado sacerdote en 1975 en la basílica de Luján, Opeka expresa su preocupación por la situación en Argentina, un país con un enorme potencial, pero que enfrenta problemas como la existencia de comedores comunitarios. Aún así, reconoce el valioso trabajo realizado por la Iglesia y los curas villeros.
Opeka señala que, ante las adversidades, encuentra su fortaleza en el Evangelio y que todos sus logros son en última instancia «obra de Dios». En su encuentro con el Papa Francisco en 2021, el pontífice dijo ante una multitud: «Este era un lugar de exclusión, violencia y muerte. Treinta años después se ha convertido en un oasis de esperanza».











