La lucha contra la incertidumbre
¿Cuántas oportunidades dejamos pasar porque nos dijeron que no podíamos?
Durante un considerable periodo, pensé que vivir en la incertidumbre era una auténtica condena. Hubiera preferido que alguien me confirmara con certeza qué sucedería en el futuro: «Podrás jugar cinco años más, diez, o hasta los treinta…». La dificultad no solo reside en el dolor físico, como el malestar en el pie, sino también en la falta de claridad. Entrenaba sin saber, disputaba partidos sin certezas, y al final de cada temporada me preguntaba si habría una nueva oportunidad para mí.
La presión del tiempo
A lo largo de los años, comprendí que esta incertidumbre también había moldeado mi carácter. Mi carrera se transformó, tal como lo noté desde el principio, en una constante lucha contra el tiempo. Siempre había una pregunta que no me abandonaba: ¿cuánto podrá resistir este pie? ¿Cuánto tiempo más aguantará mi rodilla? Y a estas cuestiones se añadía otra reflexión: si desconocía cuánto me quedaba, entonces, ¿qué sentido tendría reservarme?
Quizá por esa razón nunca sentí que tuviera tiempo de sobra. Cuando estaba en plena forma, quería jugar. Al recuperar mis capacidades tras una lesión, anhelaba volver rápidamente. Cuando los médicos me recomendaban esperar, mi deseo era regresar antes. No porque confiara en que estaban equivocados o pensara que mi físico era inquebrantable, sino porque entendía muy bien que se podía romper en cualquier momento.
Desafíos y superaciones
En 2005, algunos médicos dudaban si podría continuar compitiendo al más alto nivel en el tenis profesional. Yo hubiera firmado cualquier cosa por garantizar que podría jugar hasta los veintiséis años. A mis diecinueve, temía que mi carrera estuviese destinada a terminar pronto. Pasé días llorando en casa mientras mi padre intentaba consolarme: encontraríamos una solución, y si no, habría vida más allá del tenis.
Finalmente, encontramos una forma de seguir adelante. En realidad, aprendí a convivir con el dolor del pie, modificando técnicas de apoyo, calzado, plantillas y tratamientos. Sin embargo, cada solución a menudo traía nuevos problemas en otras partes de mi cuerpo. Rodillas, muñecas, espalda, abdomen: mi físico se transformó en una negociación constante entre lo que deseaba hacer y lo que realmente podía realizar.
Un delicado equilibrio
Años después, reconocí que muchas decisiones sobre mi salud se movieron en una línea delgada entre lo correcto y lo incorrecto. Los antiinflamatorios que utilicé prolongadamente acabaron generando dos perforaciones en mis intestinos. En Roland Garros 2022, llegué al extremo de jugar con el pie anestesiado, ya que no sentía el dolor porque prácticamente no sentía el pie.
¿Valió la pena? Responder a esta pregunta es mucho más complicado desde afuera que desde el interior. Si hubiera seguido siempre un enfoque más conservador, probablemente habría protegido mejor algunas partes de mi cuerpo, pero estoy convencido de que habría ganado diez o doce Grand Slams menos. Y no estoy hablando de diez partidos cualquiera; hablo de diez o doce de los torneos más relevantes en la vida de un tenista.
Aprendiendo sobre los límites
Después del diagnóstico inicial en 2005, que supuestamente me obligaría a retirarme, gané trece títulos más de Roland Garros. Trece. También gané Wimbledon, el Abierto de Australia y el Abierto de Estados Unidos, además de alcanzar el número uno del mundo. Perdí encuentros que consideraba a mi favor y gané otros que parecían perdidos. Me lesioné, regresé, volví a lesionarme y nuevamente volví.
Quizás por ello nunca entendí los límites como una barrera que alguien pudiera dibujarme desde el exterior. Esto no significa que ignorara a los médicos; los necesitaba y los escuchaba. Sin su ayuda, mi carrera probablemente habría durado mucho menos. Pero hay una gran diferencia entre que alguien te explique los riesgos y que decida por ti cuánto riesgo estás dispuesto a asumir.
Los límites pueden ser definitivos, pero también pueden ser simples pronósticos o advertencias. Y cuando sentimos miedo, a menudo confundimos unas cosas con otras. Necesitaba descubrir cuáles eran mis verdaderos límites. Quizás esa es una de las lecciones que el tenis me dejó: la mayoría de las semanas, incluso siendo uno de los mejores del mundo, terminas perdiendo. No se puede controlar el resultado, ni mucho menos el tiempo que durará algo que amamos. Lo único que podemos decidir es qué hacemos mientras permanecemos en el juego.
Durante casi dos décadas, jugué con la certeza de que mi cuerpo podía decir basta en cualquier momento. Y tal vez por esa razón, nunca quise ser yo quien aceptara un límite antes de estar seguro de haberlo encontrado.











