El caos y la determinación en la obra de Mary Shelley
El orden surge del caos, y la paz, nace de la determinación. Estas profundas palabras de Mary Shelley fueron escritas en un momento personal y histórico tumultuoso, no desde la tranquilidad de un gabinete literario. Era el año 1816, conocido como el «año sin verano», cuando un grupo de jóvenes románticos —que incluía a Percy Bysshe Shelley, Lord Byron y John Polidori— se refugiaron en la Villa Diodati, situada junto al Lago Leman en Suiza. Aunque en la actualidad pueda parecer un idílico paraje, en ese momento era un entorno realmente claustrofóbico.
El año 1816 se caracterizó por cielos cubiertos y la presencia de ceniza volcánica, lo que marcó el inicio del desafío de escribir la historia más aterradora jamás narrada. Para Shelley, dicho reto se transformó en algo más significativo: un ancla para su psique. En su obra más famosa, Frankenstein, escribió: «Siento que mi corazón arde con un entusiasmo que me eleva al cielo; pues nada contribuye tanto a tranquilizar la mente como un propósito firme, un punto en el que el alma pueda fijar su mirada intelectual».
El propósito en Frankenstein
Esta frase no se encuentra en un diario personal, sino que se presenta de manera intencionada al inicio de su obra maestra, cuyo título completo es Frankenstein o el moderno Prometeo. Es pronunciada por el capitán Robert Walton en su carta inicial a su hermana, mientras se aventura hacia el inhóspito Polo Norte. Walton, un explorador ávido de gloria y descubrimientos, encuentra en esta misión extrema una calma casi mística. Este personajes se refleja en la autora al hablar de un 3propósito firme.
Sin embargo, ¿cuál era ese propósito? No se trataba simplemente de una meta, sino de un faro que guía a la alma perdida. La paradoja de la novela radica en que este mismo propósito, cuando se convierte en una obsesión ciega y desmesurada —como le sucede a Victor Frankenstein—, puede acabar destruyendo cualquier atisbo de paz y humanidad. La mirada intelectual se erige, a su vez, como salvación y condena, encapsulando a la perfección el temperamento y la filosofía de vida de Mary Shelley cuando escribió la obra, apenas con 18 años.
Una vida de tragedias y logros
Descendiente de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft —autora de Vindicación de los derechos de la mujer— y del pensador libertario William Godwin, Mary Shelley creció en un entorno que valoraba en gran medida el intelecto y la mente humana. Su vida estuvo marcada por la tragedia: la muerte prematura de su madre poco después de su nacimiento, la pérdida de tres de sus cuatro hijos y el ahogamiento de su esposo, el poeta Percy Bysshe Shelley. Desde una edad temprana, se dedicó a la literatura.
El legado de Frankenstein
La importancia de Frankenstein o el moderno Prometeo va más allá del género de terror, ya que inicia formalmente la ciencia ficción contemporánea. Su impacto cultural es inmenso, inspirando desde clásicos del cine como la célebre Frankenstein (1931) de James Whale hasta diversas reinterpretaciones teatrales y ensayos filosóficos modernos. Esta obra advierte de los límites de la ciencia y la falta de responsabilidad ética que tienen los creadores con respecto a sus criaturas. En una lectura más profunda, la novela aborda la soledad y la necesidad existencial de pertenencia y dirección.
En la actualidad, en un mundo hiperconectado y a menudo disperso, la máxima de Mary Shelley sigue teniendo una relevancia sorprendente. La firmeza en el propósito se posiciona como el mejor remedio para no dejarse seducir por las trivialidades y el entretenimiento efímero. En esencia, un propósito firme puede ofrecer un sentido de vida invaluable.
¿Quién fue Mary Shelley?
Mary Wollstonecraft Shelley (Londres, 1797 – 1851) fue una destacada escritora, dramaturga y biógrafa británica, hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft y del pensador político William Godwin. Recibió una educación que estimulaba su intelecto pero que resultó compleja en lo afectivo. En 1814, comenzó una tumultuosa relación con el poeta romántico Percy Bysshe Shelley, con quien contrajo matrimonio dos años después, tras el suicidio de su primera esposa. Juntos llevaron una vida itinerante por Europa.
La pérdida de tres de sus cuatro hijos la acompañó con una profunda depresión a lo largo de su vida. Con apenas 20 años, alcanzó la inmortalidad literaria al publicar de manera anónima Frankenstein o el moderno Prometeo (1818). Tras el trágico ahogamiento de su esposo en 1822, regresó a Inglaterra para dedicarse a la crianza de su único hijo sobreviviente y a consolidar su carrera, publicando obras como Valperga (1823) y El último hombre (1826). Falleció en Londres a la edad de 53 años.











