La oportunidad que se esfumó
«No sabía que estaba dejando pasar la última oportunidad». Esta frase resuena con fuerza en la memoria de Miguel, quien recibió una advertencia de su amigo un mes antes de su fallecimiento: “Dale, venite antes de que me muera.” Miguel, con tono de broma, respondió a su amigo que no fuera tan dramático, pues tenía planes de visitarlo para abrazarlo. Luchando durante dos años contra un cáncer devastador, su amigo se encontraba en una batalla difícil, pero en la mente de Miguel, aún existía la imagen de su amigo esperándolo en Mar del Plata.
A pesar de saber que su estado era grave, Miguel se encontraba atrapado en una serie de compromisos y problemas laborales, siempre encontrando razones para postergar su viaje. Las urgencias de la vida diaria parecían insignificantes en comparación con la posibilidad de pasar tiempo con su amigo. Sin embargo, cada retraso se acumulaba y un mes después de aquella conversación, la realidad se tornó devastadora.
El momento de la verdad
Cuando Miguel llegaba a Aeroparque con la intención de embarcar hacia Mar del Plata, recibió una llamada de Fernando, el hijo de su amigo, cuyo mensaje era inconfundible: “Papá acaba de irse…” Un silencio mortal se apoderó de Miguel al escuchar estas palabras, sintiendo un profundo vacío por la inminente partida de quien consideraba un hermano.
A bordo del avión, el dolor era insoportable y, mientras el aparato se preparaba para despegar, una azafata le pidió que apagase su celular. Aceptó, aunque su mente seguía viajando hacia el reencuentro que jamás se concretaría, pues en ese instante se dirigía al velorio de su amigo.
El impacto de la pérdida
Al llegar a Mar del Plata, Miguel tenía un par de horas antes del velorio. Caminó por la playa con auriculares y sintió la belleza del mar en contraste con su mundo interior, colmado de rabia por la indiferencia de la naturaleza ante su dolor. Reflexionó sobre las virtudes de su amigo: un hombre bueno, deportista y alegre. Se cuestionó una y otra vez por qué debía aceptar esa pérdida, anhelando encontrar una razón o un sentido para poder enfrentarse a tan cruel realidad.
Con la mente en tormenta, buscó una canción que resonara con su tristeza. Como un eco, una melodía que antes no le conmovía comenzó a atravesarlo. Las lágrimas fluyeron mientras recordaba los momentos compartidos, dándose cuenta de que a partir de ese instante, todo encuentro con su amigo tendría que vivir en su memoria.
En la sala del velorio, Miguel abrazó a la familia de su amigo y se acercó al féretro. La enfermedad había transformado el rostro de su amigo y se dedicó a buscar alguna señal familiar en su aspecto. Apoyado en el borde del ataúd, el llanto volvió a emerger con más fuerza.
Reflexiones sobre el tiempo y las oportunidades
Durante el duelo, Miguel se dio cuenta de que la pérdida no solo significaba despedir a su amigo, sino también recordar otras ausencias en su propia vida, desde su infancia hasta su matrimonio. Frente a esa realidad, comprendió que las oportunidades no son eternas y reflexionó acerca de lo que había estado postergando con la expectativa de que siempre habría un mañana para hacerlo.
Al salir del velorio, aunque no se sintió diferente, el peso de sus compromisos cotidianos lo esperaba. Miguel continuó viendo cómo sus encuentros y conversaciones importantes seguían siendo relegadas, ya fuera por cansancio o por la falsa promesa de un futuro más tranquilo. Recordó la clara solicitud de su amigo, doliéndole haberla tomado a la ligera en su momento y añorando poder volver atrás para ser más presente en su vida.
Hoy, Miguel siente que aquel abrazo perdido no dependía de un milagro, sino de su simple decisión de estar allí, se aferra a la lección de no dejar para mañana lo que realmente importa. Juan Tonelli es escritor y conferencista, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.











