Jane Goodall y su impactante declaración
En un mundo donde la inmediatez digital y el consumo desmedido son la norma, pocas voces tienen el peso moral necesario para sacudir nuestra comodidad con solo una frase. Jane Goodall, reconocida etóloga y primatóloga, lo logró al declarar en una investigación de 2002: “Miles de personas que dicen ‘amar’ a los animales se sientan una o dos veces al día a disfrutar de la carne de criaturas que han sido tratadas con una crueldad tremenda”. Estas palabras surgen de sus décadas de estudio sobre la relación entre humanos y otras especies, configurándose como un reflejo inquietante de la cultura actual.
Un manifiesto ético sobre la vida animal
Tras una vida de discovery en las selvas de Gombe, Tanzania, se asoció con el bioeticista Marc Bekoff para elaborar un importante manifiesto ético titulado Los diez mandamientos para compartir el planeta con los animales que amamos. Este libro no se presenta como un manual científico, sino como un tratado filosófico y espiritual que aboga por un profundo respeto hacia la vida no humana a través de diez compromisos fundamentales. En particular, el tercer mandamiento, que destaca el deber de respetar la vida animal, se convierte en una crítica directa a la industria alimentaria.
La denuncia a la ganadería industrial
En el contexto de su declaración, Goodall observaba un modelo de producción cárnica en Occidente que se caracterizaba por su hiperindustrialización, diseñado para ocultar el sufrimiento de los animales al consumidor. Ella identificó un fenómeno psicológico en juego: la disociación, donde la sociedad puede conmoverse profundamente al ver rescatar un perro callejero, mientras consume carne sin reflexión. Al poner “amar” entre comillas, Goodall revela una hipocresía sistémica que invita a cuestionar el amor hacia los animales mientras se ignora su sufrimiento.
Un legado trascendental
La labor de Goodall es más que investigación; ha sido una auténtica revolución epistemológica que descompone barreras. Cuando el ámbito científico le pedía clasificar a los chimpancés sin darles un nombre propio, ella decidió llamarles David Greybeard o Flo, mostrando así que eran seres con personalidad y emociones. Este puente conceptual que construyó en Gombe se extiende naturalmente hacia las granjas industriales. Su transición hacia el vegetarianismo y luego al veganismo estricto refuerza su creencia de que, al ser los animales capaces de experimentar emociones, la producción industrial de carne es éticamente indefendible.
Jane Goodall: una vida dedicada a la naturaleza
Nacida en Londres en 1934, Valerie Jane Morris-Goodall mostró desde pequeña un apasionado interés por la naturaleza, influenciada por su madre y un chimpancé de peluche llamado Jubilee. Sin poder acceder a una educación universitaria desde el inicio, trabajó en diversos empleos hasta que, a los 23 años, viajó a Kenia y conoció al famoso paleontólogo Louis Leakey, quien la llevó a Tanzania. A pesar de no tener formación científica formal, su aguda observación le permitió derribar mitos, como el hecho de que los chimpancés fabrican herramientas y poseen estructuras emocionales complejas.
Goodall validó su trabajo con un doctorado en etología en la Universidad de Cambridge y a lo largo de su carrera combinó la investigación con un activismo incansable. Fundó el Instituto Jane Goodall en 1977 y el programa juventil Roots & Shoots en 1991, promoviendo la conservación. Además, su labor se refleja en numerosas obras literarias y manifiestos. Designada Mensajera de la Paz de la ONU y Dama del Imperio Británico, Goodall falleció a los 91 años el 1 de octubre de 2025 en Los Ángeles, California, mientras realizaba una de sus habituales giras.











